—Lluvia, el desayuno está listo—dijo alegremente Samuel en una mañana que parecía espléndida. En donde su viejo gallo cantaba de manera especial cuando las cosas parecían ir bien. Bueno, eso es lo que él aseguraba y no vamos a contradecirlo. ¿Verdad, amigos?
Encendió la lámpara que había sobre la mesa y vio dos dólares de plata y un pedazo de papel. “Uno por tu hospitalidad, y otro por tu carreta.”
Samuel sonrió negando con la cabeza.
—¿Cuándo vas a cambiar mujer? Bueno, como siempre… tendré que tomar solo el desayuno.
Para entonces, Lluvia ya se encontraba a unas cuantas millas del pueblo, justo en camino de la Cueva del Diablo.
¡No me pregunten por qué tiene ese nombre! Yo solo he estado un par de veces en ese lugar y juro que no he de volver. Y no crean que le llaman así porque haya malos espíritus, aunque los indios de la región así lo aseguran. A mí lo que me consta, es que es un lugar donde el suelo no es de arena, sino de serpientes de cascabel más largas que un fusil del ejército de los Estados Unidos.
La Cueva del Diablo se encontraba en los altos de un cañón de esos por el que a nadie se le ocurriría pasar. Tan solo a un pequeño río que lo hacía no sin dificultad entre un lecho pedregoso y cubierto de rosas silvestres, pero no se dejen engañar por su hermosura. Se trataba de un paraje en donde ni siquiera esconderse resultaba buena idea. Más bien la peor de todas.
Apenas subió por una de las laderas y apareció ante sus ojos la Cueva del Diablo. Unos cuentan que la cueva maldita podría tener hasta cien varas de profundidad, otros aseguran que unas cincuenta, ¿pero a quién le importa?
Se cuenta también que quien osó entrar nunca consiguió vivir para contarlo. Pero lo más aterrador proviene de las leyendas más antiguas, y que los comanches, a pesar de ser acérrimos rivales de los apaches de la zona, comparten como si de la misma historia se tratara. Porque para ellos no es una leyenda. Es un testimonio.
Y hay quien jura que aún ha visto salir bolas de fuego de la cueva, o de lo alto de la mesa, en mitad de la noche. Y por si fuera poco, cuentan que se escuchan risas y alaridos con tal estruendo, que harían temblar al más valiente.
—Bueno, hasta aquí hemos llegado—dijo Lluvia tan solo escuchar cómo los primeros cascabeles se ponían nerviosos.—Ya están aquí nuestras amigas.
Desmontó con tanta ligereza y suavidad, que pareciera como si se hubiera escurrido de su montura. Acarició a su fiel amigo mientras le hablaba al oído.
—No te muevas de aquí pequeño.
Una vez suelta la vieja carreta la colocó en un claro y le prendió un fuego que pronto comenzó a avivar.
El alboroto no se hizo esperar. Mientras tanto el suelo comenzó a moverse como si fueran arenas resbaladizas y el cascabeleo comenzó a sonar como una música de muerte.
Después de un buen rato, Lluvia comenzó a hacer montones con las brasas y la ceniza aún caliente que ya comenzaban a desprenderse del viejo carretón. Iba colocando cada uno de ellos sobre un tablón que tenía una vara de ancho y al que ató una cuerda e iba arrastrando mientras.
Con toda la paciencia y frialdad, fue esparciendo la ceniza a ambos lados del tablón. Era como si estuviera construyendo su propia calzada, lo bastante ancha para que pasara su caballo, dejando al menos media vara de distancia entre él y las serpientes.
Una operación así puede parecer sencilla, pero es de estas tareas en donde hay que tener todos los sentidos muy bien afinados. Cualquier descuido es fatal. Sobre todo al interior de la cueva, en donde los ruidosos reptiles suelen ponerse más nerviosos y protegen sus nidos con un celo que no es de este mundo.
Lo único bueno de todo esto, es que el olor a madera quemada, el humo recalcitrante, disimulaba un poco el olor a putrefacción que emanaba desde dentro de la cueva.
Pero para ellos, Lluvia tiene el mayor montón de cenizas y leños aún ardiendo. Digamos que es como un presente que les hace cada que visita ese lugar endemoniado.
Una vez de vuelta a donde estaba su caballo, con toda la paciencia le colocó unas chaparreras improvisadas que le cubrían más de tres palmos por encima de la pata.
—Vamos amigo. Son solo unos metros y terminamos con esto.
No se introdujeron en la cueva más allá de cinco varas. No era necesario. Lluvia lanzó los dos leños ardiendo en donde pensó que serían de más ayuda y solo dejó soltar sus pesadas alforjas cargadas con dos mil quinientos dólares de plata.
—Vamonos de aquí. Nuestras amigas sabrán cuidar mejor nuestros dólares que cualquier banquero de El Paso.
De pronto la calma se convirtió en un rayo, tal como se llamaba su caballo. Y haciendo honor a su nombre en un instante salieron del lugar sin mirar y a todo galope.
Cabalgaron durante una hora más.
El sol comenzaba a dar sus mejores tonos anaranjados. Mientras Lluvia se detuvo justo al borde de un acantilado para admirar el espectáculo a la vez que sentía cómo el aire rozaba sus mejillas.
Lluvia era de mucho pensar, si bien le gustaba hablar y hasta bromear cuando se sentía en confianza. Pero esta vez era diferente. Comenzaba a caer en la cuenta de que su vida había cambiado, acaso para siempre.
Ya no tenía que perseguir caballos salvajes para ganarse la vida. Era rica.
No tenía a nadie en la vida. Ella misma vio morir a toda su familia. A su padre, a su madre. También a su abuelo que tantos cuentos le contaba. El aire anaranjado seguía acariciando su piel mientras recordaba a su abuela, como la enseñó a pelar gallinas, a los conejos y hasta a los tlacuaches. Ella le contaba como antes, los bisontes eran abundantes y capaces de alimentar a todo su pueblo.
Le enseñó las hierbas, le enseñó a cocinar, le enseñó a reir.
Aquella noche fue la más terrible de todas. En medio del fuego, sagrado para ellos, pero que resultó en la peor de las muertes. Mirándose unos a otros gritar y correr sin poder hacer nada por ayudarse entre sí. Todo en medio de una lluvia de balas y risas malvadas.
Lluvia Blanca siempre tuvo una duda que no la dejaba estar en calma y que a la vez resultaba una esperanza.
No lograba recordar la última vez que vio a su hermano. En cambio, cada noche pasaban por su mente esos días en que la enseñaba a montar. Cómo reían cada que se caía de un pequeño potro al que ella misma le daba de comer. Cómo la abrazaba cuando volvía de la caza y le procuraba un buen trozo de carne. Fue él mismo quien le enseñó sus trucos con las espinas y a tirar con las flechas con las puntas encendidas de fuego.
—Debes estar hambriento pequeño. Vamos a un buen sitio para que comas.—dijo Lluvia mientras daba un sorbo de vino a su cuera.


