Bien amigos, sería injusto negar que Barret y Wyatt tienen algún acierto de vez en cuando. Y por lo que veo han logrado salir del pueblo a pesar del toque de queda ordenado por el coronel O’Reilly. Aunque también por lo que veo, han tomado la dirección equivocada. Con toda franqueza, ¡espero que no se arrepientan!
¿Cuándo van a cambiar estos muchachos?
—¿Estás seguro que es por aquí, Barret?
—Tú siempre haciendo preguntas absurdas. Conozco este lugar como la palma de mi mano, y te aseguro que este es el mejor camino hacia la frontera.
—Pero… ¿no nos estamos acercando a las tierras de los Montoya?, no quisiera tener un encuentro con ellos.
—Ya les pagarás cuando todo esto termine—repuso Barret con cierto hastío—. O ya estarás muy lejos. Ahora cállate.
Los dos malhechores siguieron cabalgando hasta un claro por donde pasaba un riachuelo, de esos que se forman cuando llueve en las montañas.
—Nos detendremos aquí, los caballos necesitan tomar agua—ordenó Barret, mientras sacaba un buen trozo de carne seca y que con ayuda de un cuchillo, compartió con Wyatt.
Una vez apeados, rellenaron sus botas de agua y se sentaron a comer. El sol estaba en todo lo alto y no parecía que nadie los estuviera siguiendo.
—¿Y qué sabes de Wally?—preguntó Wyatt.
—No me hables de ese cobarde. Se quedó en el pueblo haciéndose pasar por un panadero.
—Su sombrero agujereado lo delatará.
Ambos rieron.
—Quien está en problemas es Mad Dog—prosiguió Wyatt—. No quisiera tener que calzar sus botas.
—No por ahora Wyatt. Y eso complica aún más su situación.
—¿Qué quieres decir, Barret?
—¡Vamos, Wyatt!, tú y yo sabemos que él no es el responsable de la muerte del sargento McGuire.
¡Vaya, amigos! Parece que esta vez estos dos, saben algo que yo no sé. Pero yo sé algo que ellos no, y tiene dos cuernos tan grandes, que rasgan el cielo.
Los caballos comenzaron a inquietarse, pero ninguno de los dos cayó en la cuenta, hasta que escucharon un extraño golpeteo en el suelo y un reburdeo que les cortó el aliento.
—¡Barret, mira eso!
—¡Los caballos!
El caballo de Barret, al sentir que la embestida iba contra él, partió a todo galope, sordo a los silbidos de su dueño y a los gritos desesperados de Wyatt.
El toro, negro y refunfuñón no optó por perseguirlo. En cambio, lanzó una nueva embestida contra el otro caballo, que hizo lo propio.
En un momento Barret y Wyatt se vieron apeados y como los más probables objetivos del nuevo visitante.
—¿Pero qué haces Barret?—preguntó un desconcertado Wyatt.
—¡Tú déjame a mí!, ve por el caballo—dijo Barret mientras intentaba arrancar una rama de un arbusto.
El caballo de Wyatt no había llegado demasiado lejos. El cabestro se había atorado en otro arbusto y el pobre animal, presa de los nervios, no dejaba de dar vueltas y tirar patadas a ciegas.
El burel, dando un momento de paz, rascaba el suelo con su pezuña mientras soltaba un mugido tan seco, que hacía resonar los mismos huesos de Barret.
La falsa calma duró un instante. El toro inició una nueva carrera contra el único que tenía a mano. Barret, que mostró amplias habilidades y una velocidad que ni el mismo conocía, consiguió alcanzar un árbol y subirse por la primera rama que encontró.
En tan solo unos minutos, su situación había cambiado drásticamente. Y su nuevo compañero ahora estaba empeñado en hacerlo bajar de su refugio.
Wyatt mientras tanto, había conseguido tranquilizar y montar a su caballo, no sin alguna dificultad.
—¡Wyatt, maldita sea!, ¿quieres venir por mí?
Pero el caballo de Wyatt se negaba, tan solo veía a semejante animal y los nervios se apoderaban de él otra vez.
Así pasaron algunas horas hasta que el toro se aburrió y se fue. El sol ya comenzaba su plan de retirada y por fin Wyatt pudo acercarse al árbol donde se encontraba Barret.
En medio de un silencio cómplice y montados en el mismo caballo, se dieron a la tarea de buscar al otro.
—¡Allá está!, apresúrate.
Wyatt picó los costados y rompió a galope.
No habían recorrido ni cien varas, cuando un nuevo reburdeo anunció una nueva embestida por su lado izquierdo.
—¡Demonios, Wyatt! Otra vez ese maldito animal.
Pero quien se lo tomó más en serio fue el caballo; preso del pánico, se desbocó a toda velocidad soltando coces al aire, lo que dificultaba el equilibrio de los dos jinetes.
En un abrir y cerrar de ojos, tras un impacto que nadie vio venir, los tres terminaron rodando por el suelo en medio de un nubarrón de tierra.
Entre relinches y maldiciones, se pusieron en pie como pudieron. Para su sorpresa, cuando miraron hacia atrás —más por mero reflejo que por un intento de controlar la situación—, el toro galopaba plácidamente de vuelta hacia su querencia.
Menos mal que Lluvia no vio todo esto.

