Viejo Oeste al atardecer

La Muerte Cabalgaba Despacio (Capítulo 7)

Al parecer nuestra amiga Lluvia se ha dispuesto a recorrer un largo camino. Si me preguntan, creo saber hacia dónde se dirige. Así que tendrá que acampar por aquel valle donde dicen que ni los alacranes encuentran algo que echarse a la boca.

Mientras Rayo pasta como si no hubiera mañana, Lluvia tendrá que aprovechar el momento para poner sus armas a punto antes de que otra cosa suceda. Si tiene suerte esta vez podrá dormir algo tranquila. Ha elegido un camino hacia el norte que no resulta especialmente interesante para nadie. Demasiados problemas para tan poca recompensa, hicieron que todos terminaran dejando la ruta por la paz.

¿Y es que saben amigos? A nadie le resulta atractivo cabalgar entre una lluvia de flechas mescaleras para tener que llegar a ningún lado.

Mientras tanto he escuchado un rumor proveniente del pueblo. Al parecer las cosas no están demasiado tranquilas por allá. El coronel ha ordenado toque de queda y la gente está asustada. Un hombre entró en el pueblo justo antes de caer la noche.

Su caballo, a galope lento y sin dirección, se detuvo delante del hotel donde está hospedado el mismo coronel y sus mandos allegados.

No fue posible reconocer al hombre. Su rostro estaba cubierto de moscas y el zumbido de estas rompía la cálida serenidad de la tarde. Ligeras ráfagas de viento atravesaban los últimos rayos de luz, arrastrando consigo un olor tan agrio que por sí solo explicaba muchas cosas.

Su chaqueta parecía estar a punto de estallar de no ser porque estaba fuertemente amarrado al caballo.

Uno de los hombres del coronel, mojó un trapo y tapándose la nariz con el se acercó hasta aquel hombre. Sacudió uno de sus brazos que colgaban inertes, quedando al descubierto lo que quizás ya esperaba encontrar.

—Galones de sargento mi coronel—dijo con voz de militar acostumbrado a dar parte a su superior—se trata de McGuire.

—Organice una búsqueda de sus hombres y no paren hasta encontrarlos. Bloqueen todas las salidas al pueblo. Nadie puede entrar ni salir. ¿Está claro, capitán?

—Sí señor.

—¡Ah! y encárguese de McGuire.

—Sí señor.

Barret y Wyatt, miraban perplejos desde el otro lado de la calle. Todo esto les superaba.

—No pudo haber sido la banda de Mad Dog—afirmó Wyatt, mientras recibió un ligero golpe en el costado.

—Cállate. No es momento para abras tu enorme boca.

No es común que yo lo diga, pero esta vez creo que Wyatt tiene razón y Barret, que lo sabe, tiene aún más razón. No es momento de abrir la boca. Demasiadas moscas en el ambiente. Esto comienza a apestar. ¿Y saben algo? ¡No quisiera estar en las botas de Mad Dog en estos momentos!

El coronel se dirigió hacia la herrería de Samuel y entró en ella sin preguntar.

Samuel, que observaba todo desde la puerta, se metió detrás de él.

—Trae un poco de whisky. Ya sabes, una botella me refiero.

Samuel metió la mano en un baúl y sin mirar, sacó una botella que le entregó al coronel.

—¿Qué sabes de Lluvia? ¿Dónde se ha metido?

—Señor ella no…

—¡Maldita sea Samuel!—gritó enfadado el coronel—. ¡Ya sé que ella no, no tienes que decírmelo!

—No lo sé señor. Solo dejó dos dólares sobre la mesa y este recado.

El coronel se lo arrebató impaciente. Lo leyó y espetó una sonrisa.

—Bien, espero que tarde unos días en volver, si es que lo tiene en sus planes.

—Ella solo aparece y desaparece señor. Nunca se sabe cuando, pero esta vez presiento que no tardará tanto como en otras ocasiones.

—Yo también lo presiento Samuel, yo también lo presiento.—dijo el coronel sin dejar de mirar por la ventana.

Ambos quedaron en silencio un rato largo.

En la calle solo se veía el movimiento de los soldados, linternas encendidas y algún que otro curioso que no quería perder detalle desde alguna puerta que permanecía abierta.

McGuire estaba hospedado en la casa de la señora Adams, una viuda octogenaria conocida en el pueblo por su bondad. Su esposo había sido un soldado que llegó al grado de teniente, y que había participado en las guerras indias durante la Ley de Traslado de los Indios en donde perdió la vida por una flecha.

Desde entonces Mary como le llamaban con cariño sus allegados, se había trasladado a La Roca a ejercer su oficio de enfermera.

—¿Señora Adams? Su huésped ya no vendrá esta noche.

Mary dio un paso atrás. Su mano, arrugada por los años pero firme por su pasado de enfermera en las crueles guerras indias, se cerró con fuerza sobre el marco de la puerta.

—Dígame que es una broma, capitán —murmuró con un hilo de voz—. McGuire tenía que traerme las medicinas.

—No es ninguna broma, señora —respondió el oficial, ajustándose el ala del sombrero para evitar mirarla a los ojos—. El sargento McGuire está muerto.

—Oficial.

—¿Señora?

—Lléveme a ver el cadáver. Quiero verlo.

El coronel, ahora sentado en la misma mesa de aquella negociación fallida para el tesoro de La Unión, no dejaba de mirar su vaso de whisky mientras lo giraba con habilidad.

—¿Señor?—dijo un hombre que recién entró por la puerta del improvisado puesto de mando.

—¿Dónde se encuentran sus hombres, mayor?

—Los he enviado a buscar al resto de la patrulla hacia el sur, mi coronel—contestó el mayor después de un casi imperceptible titubeo, pero que, ante la tensión del momento, ciertamente resultó incomodo.

—Bien, encárgese de enviar este telegrama—dijo el coronel extendiendo un papel escrito con su puño y letra.

—¡Si, señor!

El mayor Seymour salió por la puerta a la vez que entraban dos hombres de tropa. Uno de ellos miró al coronel intentando señalar con la mirada a Samuel.

—Samuel, déjanos solos.

De inmediato le entregaron un lienzo de cuero con signos que Lluvia asociaba con los apaches. Se trataba del tatuaje que el potro llevaba en el lomo.

El día ha sido largo y Lluvia no es mujer de perder el tiempo. Ahora comienzo a entender mejor el motivo de su viaje. ¡Ah, esta muchacha!, pareciera que su mente nunca consigue estar quieta.

El paisaje ya ha cambiado para Lluvia y parece que se dispone a acampar junto a un cristalino estanque formado por un pequeño riachuelo. Los árboles ya no están ausentes y en uno de ellos hay clavada una flecha.

Lluvia se acerca lentamente y de una forma tan relajada que no es común en ella.

Plumas blancas y una pequeña pluma verde.

¡Yo no entiendo nada de esto muchachos!, pero al parecer le han arrancado una sonrisa a nuestra amiga.