—No tienes de qué preocuparte de nada viejo amigo. Anda, quita esa cara, que parece que has visto a un fantasma— dijo Lluvia mientras dejaba su sombrero en un perchero.—¿Por qué no mejor me preparas un café? La cena puede esperar.
Samuel sirvió el café y se dispuso a atender a los caballos. Aún con las manos temblorosas, usó un trapo húmedo para limpiar el lomo del potro, revelando un tatuaje oculto bajo el pelaje teñido. No eran letras comunes; eran marcas en el lenguaje de señas de las tribus nativas, entrelazadas con códigos del ejército norteamericano. Lluvia, que se fijaba en cada detalle, lo entendió todo al instante: el mismísimo gobierno de la Unión estaba financiando a los bandoleros para recuperar a ese animal.
Sin perder un segundo, Lluvia tomó un cuchillo, cortó un pedazo de cuero de su propia silla de montar y copió con precisión quirúrgica cada símbolo del tatuaje.
La mayoría de esas marcas le resultaban fáciles de entender. No así todas.
El rostro de Lluvia parecía pertenecer a otro lugar, lo que no ayudó a que Samuel se relajara.
Tomaron café pero en completo silencio. Samuel observando a Lluvia, mientras ella parecía clavar su mirada dentro de sus propios pensamientos.
Minutos después, la puerta de la herrería se abrió de golpe. No era Mad Dog. Era el Coronel al mando del regimiento de la zona, escoltado por dos soldados armados.
—Entrega al potro, Lluvia —sentenció el Coronel, apuntándola con su arma—. Tu viaje termina aquí.
Lluvia, lejos de inmutarse, soltó una carcajada limpia y guardó el trozo de piel en su chaleco. Miró al militar con esa ironía que la caracterizaba.
—Vaya, mi Coronel… Conque era usted quien pagaba a esos inútiles en el desierto —dijo Lluvia, cruzándose de brazos—. Déjeme preguntarle algo: ¿cuánto les ofreció? Porque yo se lo hubiera entregado por la mitad del precio y sin tanto problema. Al fin y al cabo, es solo un potro. Muy bonito, por cierto, pero no vale mi pellejo.
El Coronel arqueó una ceja, ocultando una sonrisa de superioridad y ¿por qué no decirlo? También de alivio. Pensó que Lluvia era solo una cazarrecompensas ambiciosa e ignorante que no sabía el verdadero valor del mapa.
—Vaya, parece que podemos entendernos —dijo el Coronel, bajando un poco el arma—. Dime tu precio y te pagaré el doble de lo que le ofrecí a Mad Dog si me das el caballo ahora mismo.
Lluvia también mostró una ligera sonrisa, pero de satisfacción. No tanto por el dinero como por la pequeña primera victoria en el tenso juego mental. Eso sí, con una chispa peligrosa en la mirada.
Dólares de plata (La tensión Comienza)
—Me parece excelente. Pero hay un pequeño inconveniente, Coronel… Ahora quiero el doble de lo que acaba de ofrecer. Verá, con tanto alboroto y disparos en el camino, el potro se puso muy nervioso hace unos minutos… y se me ha escapado. Si quiere el mensaje, tendrá que negociar conmigo.
El Coronel hizo un pequeño ademán con su brazo derecho como para que sus dos acompañantes no intervinieran.
Tomó una silla y se sentó.
—¡Hey usted!—dijo refiriéndose a Samuel.—¿Es que no se sirve whisky en esta casa?
Samuel asustado se levantó como un resorte mirando a los dos soldados y se dirigió a un pequeño cuarto trasero de su taller y volvió con una botella y algunos pequeños vasos en la mano.
Colocó uno delante del Coronel, quien rápidamente cogió la iniciativa y el control de la botella. La levantó a una mano para ponerla a contraluz, como para inspeccionar la calidad mientras sonreía alegremente.
Puso uno de los vasos delante de Lluvia y se dispuso a servirle un poco de whisky mientras le preguntaba con la mirada.
—No bebo—dijo Lluvia con un tono tan femenino como decidido.
El Coronel intentó estudiarla con la mirada mientras retiraba lentamente la botella para servirse él mismo.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Dos mil dólares de plata, mi Coronel.
Al instante se escuchó el golpe seco sobre la mesa que dejan las botellas de whisky cuando no estás de muy buen humor.
—Vamos mi Coronel. ¿No va a pensar usted que yo me creo que sus hombres no hayan trabajado por menos de doscientos dólares? Y le estoy haciendo un descuento. El del sombrero agujereado no cuenta.
El viejo militar se tiró hacia atrás recargándose en el respaldo de su silla mientras con un gesto dividía su mirada entre su vaso y la botella.
—Bien es sabido, que lo barato sale caro. Mi Coronel.
El Coronel, tras una pausa que duró unos pocos segundos y ante la mirada fija y atónita de Samuel que no perdía detalle, echó a reír a carcajadas.
Los dos soldados permanecían de pie y totalmente impávidos. Lluvia acercaba un poco de café a sus labios, y Samuel reía nerviosamente.
—Por dos mil dólares habría mandado a todo un regimiento contra usted señorita…
—Lluvia, señor Coronel.
La miró fijamente no sin intentar ocultar cierta diversión de la situación mientras giraba su vaso de whisky ya casi vacío.
—¿Y bien?
—Mientras más tiempo pasa, más difícil será encontrar al potro— dijo Lluvia intentando mostrar cierta complicidad.—Y más fácil será que lo encuentre alguien más.
Sube el olor a pólvora
El Coronel, esta vez azotó el vaso contra la mesa, pero no por furia, sino con la frustración resignada de un viejo lobo que sabe cuándo ha sido superado. Miró el fondo de su vaso vacío, luego a Lluvia, y finalmente dejó escapar un bufido que terminó en una sonrisa cansada.
—Dos mil dólares… —gruñó el viejo militar, sirviéndose otro generoso trago de la botella—. Señorita Lluvia, usted tiene más agallas que la mitad de mi regimiento junto. Y bastante mejor puntería que esos imbéciles a los que contraté, por lo que veo.
—Le dije que lo barato sale caro, mi Coronel —respondió Lluvia con una sonrisa angelical, dándole un sorbo a su café.— Aunque, pensándolo bien… el café ya se me enfrió, y el tiempo sigue corriendo. De aquí a que usted se decida, el potrillo ya habrá cruzado la frontera. Digamos que ahora el precio es de dos mil quinientos. Por las molestias del retraso.
El Coronel detuvo el vaso a mitad de camino hacia sus labios. Parpadeó un par de veces, incrédulo, y luego soltó una carcajada ronca que hizo eco en las paredes de la herrería. El viejo Samuel, al ver que no correría sangre, dejó caer los hombros y exhaló un suspiro de puro alivio.
—¡Por todos los santos! ¡Cada vez que bebo un trago me sale más caro el maldito caballo! —rió el Coronel, extendiendo el vaso hacia ella en señal de brindis—. A este paso, para cuando termine la botella, tendré que entregarle las llaves del fuerte militar. Me cae bien, muchacha. Al menos usted es directa y no me hace perder el tiempo con emboscadas mal hechas.
Lluvia no pudo ocultar una mirada de orgullo mientras con la misma agradecía al Coronel, incluso mostrando cierta simpatía.
—Le recomiendo que duerma usted temprano, señorita. Mañana tendrá mucho trabajo buscando el caballo.
—No se preocupe usted, Coronel. No hay problema que no se resuelva.—dijo Lluvia con su mismo tono encantador, a la vez que señalaba la puerta con una mano y con la otra sostenía su taza de café.
Justo entonces, el potrillo pasó tranquilamente frente a la puerta de la herrería.
Lluvia lo siguió con la mirada y dio otro sorbo a su café.
—Aunque, pensándolo bien… parece que el pequeño me tiene bastante apego.
El Coronel se quedó inmóvil, mirando al animal.
Durante unos segundos no supo si reír, llorar o patear la mesa.
Finalmente soltó una carcajada que hizo temblar la botella de whisky.
Samuel bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Los dos soldados, detrás del Coronel, continuaron completamente impávidos.
—Esto merece otro trago de whisky. ¿No me va usted a acompañar esta vez señorita Lluvia?
—Solo esta vez.
—¿Sabe? Creo que nuestra amistad tiene futuro. ¡Sí! Mucho futuro— continuó el Coronel como hablando para sí mismo.
Extendió su vaso chocándolo con el de Lluvia y se lo bebió de una sola vez.
Lluvia apenas mojó su lengua y devolvió las palabras con un gesto que bien se podría calificar de sincero.
—Verá usted, yo soy el comandante del 4.º Regimiento de Caballería y a partir de hoy estableceremos nuestra base en La Roca—dijo el Coronel en tono muy amistoso mientras su mirada se perdía acompañada de una muy sutil mueca de preocupación.
Samuel puso cara de sorpresa y de cierta alegría.
Lluvia puso toda su atención en esa sutileza, prácticamente ignorando todo lo demás.
¿Saben, amigos? al parecer se acerca una tormenta, y no precisamente de arena.

