El día ha sido largo, aunque no tanto como el de esos dos. El sol ya está cerca de ocultarse detrás de aquellas montañas y Lluvia ya está muy cerca de La Roca. Pero no crean amigos, por estas tierras suele ser más seguro estar en mitad del desierto. Es por eso que nuestra amiga Lluvia nunca pasa la noche en La Roca, ni en ninguno de estos pueblos.
—Vaya, vaya. Debí imaginarlo—dijo Lluvia deteniendo a los caballos.
Dos hombres se le acercaban, mientras otros dos le apuntaban desde los techos de una vieja cabaña abandonada.
—No tienes escapatoria Lluvia. Solo danos al potro y te dejaremos ir. Es tu única salida.
—Ahora sí estás hablando como un auténtico pistolero cariño. ¿Has mejorado tu puntería, o te sigue temblando el pulso? Porque en ese caso, sí, podría llegar a asustarme. Una nunca sabe dónde pueden caer las balas.
—Ríete lo que quieras, pero entrégame el potro si no quieres terminar como un colador.
—¿A qué potro te refieres, a este? Veo que tu compañero ya ha remendado su sombrero. Una buena forma de ahorrarse unos cuantos dólares.
—Dame ese potro si no quieres tener que buscar quién te remiende el cráneo.
No sé ustedes, pero yo los veo muy confiados. Se ve que no conocen lo suficiente a Lluvia o aquí algo huele mal. Ya me estoy imaginando en qué parará todo esto.
—Lo que tú digas, cariño—dijo Lluvia mientras soltó suavemente la lazada sobre el fuste de su caballo—.¿No van a tomar la rienda?
—Wally, ve tú.
—¿Tienes miedo de una mujer desarmada Mad? Mañana lo contaré en el pueblo y verás. Ya lo estoy viendo: Mad Dog es el hazmerreír del pueblo. Otra vez.
Wally avanzó a pie con paso arrogante, confiado en que tenía la situación bajo control. Una sonrisa burlona se dibujaba en su rostro mientras estiraba el brazo para alcanzar la brida.
—Eso es, acércate un poco más, vaquero —susurró Lluvia para sí misma, manteniendo una calma fría que habría congelado el mismísimo desierto.
En el instante exacto en que los dedos de Wally rozaron el cuero de la rienda, Lluvia actuó. No hubo vacilación. Con un movimiento rápido y entrenado, amarró el extremo de la lazada al fuste de su montura y de un grito dio la orden a ambos caballos, obligándolos a avanzar velozmente en direcciones opuestas.
La cuerda de cáñamo se tensó en el aire como un cable a la altura del cuello.
Mortal diría yo.
—¡¿Pero qué diantres…?! —alcanzó a gritar Mad Dog, pero ya era tarde.
El lazo invisible barrió el terreno con una fuerza brutal. La cuerda impactó de lleno contra Wally y Mad Dog a la altura de sus cuellos, tumbándolos violentamente sobre el suelo y haciéndolos morder el polvo de forma estrepitosa. El estruendo de la caída y los gritos de dolor asustaron a los caballos de los bandidos, que comenzaron a corcovear, entorpeciendo la línea de visión de los dos tiradores que observaban atónitos desde el tejado de la cabaña.
—¡Fuego, dispárenle! —bramó Mad Dog desde el suelo, con la boca llena de tierra y el orgullo hecho pedazos.
Los rifles de la azotea tronaron, pero Lluvia ya era solo una silueta veloz que se alejaba hacia el horizonte.
Inútilmente Mad Dog intentó detener a Lluvia con su revólver, pero solo demostró que lo de ser pistolero no es para él. Porque ¿saben, amigos? Por estos lugares no basta tener un nombre intimidante y una recompensa raquítica por tu cabeza que nadie se esfuerza en reclamar.
Llámenle orgullo profesional.
Aprovechando el caos, el potrillo que ya estaba más que entrenado y se podría decir que hasta encariñado con Lluvia, relinchó y galopó justo detrás de ella, perdiéndose juntos en la penumbra del atardecer mientras las balas enemigas solo castigaban piedras del camino.
Inútilmente intentaron darle alcance. Cuestión que Lluvia aprovechó para recuperar el tiempo perdido. Sin duda cualquier cosa es más importante que encontrarse con una supuesta banda de inútiles.
Pero como les dije antes amigos. Esta insistencia ya comienza a oler demasiado mal.
Tras todos estos acontecimientos, no creo que a Lluvia le hayan pasado los detalles desapercibidos. Si algo tiene esa mujer, es que justamente se fija muy bien en los detalles.
Bajo el canto lejano de una lechuza y los últimos rastros de luz en el cielo, Lluvia llegó a La Roca para ver a su viejo amigo, el herrador. Samuel la recibió con el rostro pálido y, antes de que ella pudiera hablar, le susurró al oído: “Están buscándote, Lluvia. Ya saben lo que oculta ese potro”.

