barret y wyatt caminando, Aunque en esas condiciones y atados como longanizas no está siendo esto un paseo. Con suerte llegarán antes del mediodía, cuando el sol comience a irradiar todo su esplendor.

Un camino hacia la muerte (Capítulo 3)

El sol comienza a despuntar en el horizonte y la temperatura no hará más que subir. A un punto en que ni las serpientes pensarían en asolearse. Y no es que los saguaros estén demasiado lejos. No más de dos millas.

Aunque en esas condiciones y atados como longanizas no está siendo esto un paseo. Con suerte llegarán antes del mediodía, cuando el sol comience a irradiar todo su esplendor.

Conviene que lleguen lo antes posible sin gastar demasiadas energías en culparse el uno al otro, porque es en ese punto dónde comenzará realmente el camino a La Roca.

Al parecer nuestros amigos no entienden mucho de coordinación ni de lo importante que es el trabajo en equipo, pero ya lo aprenderán si no quieren que esos nudos corredizos que llevan al cuello tengan que darles una lección.

Yo no sé si ustedes lo saben, pero la última ocasión en que Barret estuvo en una situación similar, estuvo a unos instantes de no contarlo.

Me refiero a la última ocasión en que tuvo una soga al cuello.

Mientras tanto su mano no deja de sangrar y al parecer las moscas están oliendo ya su desayuno.

—Esta vez sí me las pagará, aunque tenga que cruzar la frontera.—balbuceaba Barret mientras intentaba sacudir su brazo más arqueando su espalda que con un movimiento natural.

El sol, cada vez más alto comenzaba a dibujar las siluetas de las lejanas montañas que iban dejando atrás.

—¡Barret, deja de menearte!—reclamó enérgico Wyatt.—¿Quieres que nos asfixiemos? ¿O piensas arrastrarme hasta los saguaros con tu cuello?

Wyatt tiene razón amigos. Si uno de los dos desfallece no quisiera estar en el pellejo del otro.

—¿Por qué no silbas esa vieja canción Barret?

—No seas idiota.

La idea de Wyatt no era tan mala, pero al parecer Barret no está de humor para viejas melodías. Más bien diría que su mente está en otro lado. Y no sé porqué, creo que al otro lado del río.

Mientras una costra de moscas están dándose un auténtico festín en la mano polvorienta y llena de sangre de Barret, algunos buitres comienza a agruparse al vuelo sobre la zona de los saguaros.

La cosa comienza a no pintar nada bien.

En el mejor de los casos, no resulta nada agradable a tener que ir justo en dirección de un cadáver de algún animal en pleno estado de putrefacción.

Pero eso en el mejor de los casos.

Por lo pronto no queda más que seguir caminando. El sudor ya ha comenzado a aparecer de manera copiosa y tan picante, que solo escurrir en los ojos es ya de por sí un suplicio.

—Barret, ¿creo que es un buen momento para que me cuentes a detalle lo que pasó con ese hombre.

—Ya te lo he dicho mil veces, es un hombre que conocí en prisión. Deja de molestar.

—Pero qué hay de ese nombre y cómo fue que escapó.

—¡He dicho que no me molestes!

Wyatt frenó en seco de tal forma que hizo que Barret cayera con la soga demasiado apretada al cuello mientras se inclinó para aminorar el efecto sobre el suyo.

—Estoy hablando en serio.

—Silvio Moretti. ¿Y cómo fue que escapó?—dijo Barret con una media sonrisa mientras su rostro parecía estar en otro sitio.—Fueron esos hombres de Ramón Gonzaga.

Vaya, de lo que viene uno a enterarse amigos.

Yo diría que el escalofrío que ha recorrido sobre el cuerpo de Wyatt resulta más que refrescante. Y es que mejor estar muriendo de calor a los rayos del sol, que estar más tieso que el cuero de una silla de montar, ¿no lo creen?

Los saguaros

El olor a muerto se hace cada vez más sofocante. Esto no solo significa que su viaje a los saguaros está a punto de concluir. Según parece están a punto de descubrir algo que no querían, pero que ambos temían.

Por fin han llegado al saguaro prometido y, efectivamente… no un cuchillo, más bien un afilado machete se encuentra clavado de forma muy conveniente para que este par de hombres puedan desatarse con relativa facilidad.

No se puede culpar a Lluvia de no tener sus detalles con estos muchachos.

Por fin libres, aunque exhaustos y el olor se ha vuelto insoportable. El sonido de las moscas supera al producido por los aleteos de los buitres.

—¡Pero qué veo! Mira Barret, una escopeta colgada de ese saguaro.

Wyatt se dirige hacia ella pero apenas una docena de pasos más entre la maleza seca y sus pies chocaron contra unas botas llenas de polvo. Unas botas que ya no caminaban.

Ahí estaba. Boca arriba, con los ojos fijos en el cielo de una tierra robada y sirviendo de banquete para las moscas de la región. El mismísimo hombre que Wyatt había jurado rastrear por cielo, mar y tierra para ajustar cuentas. O lo que quedaba de él.

Wyatt se quedó pálido, y les aseguro que no fue por el sol. El nombre que tanto había buscado ya no iba a responder a ninguna pregunta, a menos que Wyatt supiera hablar con los difuntos.

Y en cuanto a Barret, les aseguro que ya no es el mismo.

Bueno, amigos, dicen que el que busca, encuentra… pero nadie te advierte que a veces encuentras el postre ya echado a perder.

No lejos de la escopeta hay un par de botellas de agua de esas que se protegen con el cuero y al parecer también están sus armas.

Ya se los he dicho amigos, Lluvia no depara en detalles.

Aunque la verdadera pregunta ahora es: si el tipo que buscaban ya está criando malvas en mitad de la nada, ¿quién demonios guardó ese secreto?

La cosa se ha puesto color de hormiga, pero eso ya lo veremos en el próximo trago.

barret y wyatt por fin liberrados comienzan su andadura hasta el proximo pueblo: la roca arizona