Aún queda una hora de profunda oscuridad y el día no tardará mucho en comenzar a clarear. Habrá que darse prisa. Aunque Lluvia es una mujer precavida, no es persona que se mueva sin antes tomarse un café muy caliente, y eso es lo que más le preocupa en este momento… si no es que lo único.
Lluvia se dispuso a tomar su café. Mientras tanto, sus sentidos se iban agudizando en un intento de adelantarse a los más que inminentes movimientos de Barret y Wyatt.
Solo era cuestión de tiempo.
Rayo, el fiel caballo de Lluvia, fue el primero en inquietarse levemente. En ese momento, ella puso su oído pegado al suelo y sintió algo que la inquietó de verdad. Al parecer, esta vez no venían solos. Con toda seguridad, Lluvia supuso que la estrategia de los cuatreros consistía en el uso de la fuerza y no del sigilo.
Al parecer, las cosas se pondrían un poco más feas de lo que hubiera parecido en un principio.
Ataque con fuego
Los caballos ahora sí han comenzado a inquietarse de verdad. El momento ha llegado. Lluvia debe estar escondida por ahí, seguramente tramando algo… pero justo en este momento, comienzan a verse no muy lejos antorchas encendidas que se dirigen a toda prisa hacia el campamento.
—¿Con que esas tenemos? Bien, eso no cambiará mis planes —pensó ella—. Además, será por su propio bien. Si con eso pretendían asustar a mis chicos, vamos a ver quién asusta a quién.
Todo esto supone un cambio de estrategia: tomarla por asalto. Con todo esto, seguramente pretenden dispersar a los caballos y poder así rodear a una Lluvia desprotegida. Francamente, no estoy muy seguro de que eso funcione. Ni Barret ni Wyatt son gente que se distinga por planear bien sus acciones, mucho menos por prever las cosas y tener un plan B.
Astutamente, Lluvia ha atado al caballo pinto a la silla de su fiel Rayo. Justo en este momento han salido disparados hacia la ladera de la montaña, a espaldas del campamento, de donde provenían las señales de Wyatt un par de horas antes.
¿Pero qué está haciendo? Lluvia ha tomado su arco y está encendiendo fuego en un puñado de flechas que tiene al lado de la fogata de su campamento. Yo no sé si con esto se asustarán los caballos o esos eternos aprendices de cuatreros. Por lo pronto, el grupo que a toda prisa avanzaba comienza a dispersarse. Una de las flechas encendidas ha causado algún daño.
—¡No puede ser, mi sombrero de treinta dólares! —se escuchó gritar entre las sombras.
Vaya, vaya… al parecer esto no lo esperaban. Lluvia, al ver que sus primeras flechas han dispersado al decidido grupo de maleantes, parece divertida lanzando el resto, con una media sonrisa que se dibuja en su rostro. Uno de los cuatreros no sabe qué hacer.
—¡No veo aquí ningún caballo, Barret! ¿De qué trata todo esto?
Aprovechando ese momento de confusión, Lluvia tomó su escopeta verdadera y disparó justo al pie del cuatrero, advirtiéndole que la cosa se podía poner muy seria.
—¡Yo me largo, esto no tiene sentido! ¡Vámonos, Bill!
Lluvia lo despidió con otro disparo que hizo que el tal Bill metiera el acelerador en su más que graciosa huida.
La trampa de la escopeta
(Para ilustrar con Barret agarrando el cañón espinoso o gritando con la mano sangrando)
Barret y Wyatt, en un intento de mostrar valor ante sus compinches, intentan mantener el tipo por lo que han desmontado a apenas unos metros del campamento. Al parecer, Lluvia ha cambiado de escopeta. Sí, amigos, aunque no lo crean, ahora lleva en sus manos esa escopeta falsa de las que les he hablado antes, sin contar las dos fieles compañeras siempre cargadas que lleva ajustadas a su cinturón.
Barret se acerca lentamente apuntando a Lluvia, mientras estira la mano con toda la intención de despojarla de su arma.
—Lluvia, te tenemos rodeada.
—Sí, ya lo veo —respondió ella con calma—. ¿Por qué no pasan a tomar un poco de café recién hecho?
Lluvia retiró ligeramente el arma mientras dio un paso hacia atrás, fingiendo dudar pero mostrando que no renunciaría a la pelea. Esto hizo sentirse más confiado a Barret, por lo que dio unos pasos más decididos. Lluvia repitió la misma acción, pero esta vez quedándose en el mismo sitio, lo que propició un movimiento brusco de Barret para hacerse con la escopeta.
La tomó con fuerza directo por el cañón… el cañón espinoso.
El forcejeo duró apenas unos instantes; justo el tiempo en que su cerebro recibió las señales de un terrible dolor mientras veía cómo su mano comenzaba a sangrar copiosamente.
—¡Maldita sea!
—Otra vez no aprendes, querido —sonrió Lluvia.
Fue durante esos mismos instantes en que Lluvia desenfundó sus dos pistolas verdaderas. Cada una apuntaba a uno de ellos.
—Ahora, suelten sus armas. Wyatt, ata las manos de tu compañero de penurias. Deberías cuidar mejor tus amistades.
¡Más fuerte, vamos!
El despojo y la partida
(Para ilustrar con Lluvia montada en Rayo alejándose, mientras los dos cuatreros quedan amarrados del cuello)
Al parecer, las cosas se pusieron como siempre para estos dos. Quizás la vida por estas tierras salvajes les resulta un poco difícil.
—Ahora pasa esta cuerda sobre tu cuello y no me hagas repetirlo dos veces.
Con una habilidad propia de un experimentado vaquero, pero con un talento innato, Lluvia los está atando de manos y ha puesto el otro extremo de la cuerda al cuello. Además, les ha atado el cuello de Barret al de Wyatt con una pequeña soga que no llega a dos metros. Ya me estoy imaginando lo que sigue…
—Bien, ahora sí podré tomar un café en paz.
La mañana comienza a ser tan fresca como clara. A Lluvia solo le ha bastado un silbido para que su fiel Rayo regrese al campamento ante las atónitas miradas de los dos cuatreros. Lluvia se acercó a los caballos de sus esperadas visitas y comenzó a pasarles revista a la vez que los acariciaba.
—Pobrecitos, sus dueños no los cuidan bien. No se preocupen, yo los llevaré a donde les arreglen esas patas. No sé cómo pueden andar de esa manera.
—¡No serás capaz! —bramó Barret.
—¿Lo dudas? ¿Me crees tan mala? —respondió Lluvia con ironía—. No te preocupes, conozco al mejor herrador de esta comarca y justo voy a La Roca a vender mi hermoso caballo pinto. Así que no se preocupen por los gastos, corren por mi cuenta. Tampoco se preocupen por sus caballos… lástima que no pueda ser yo quien se los entregue, pero solo pienso estar dos días en ese pueblo.
Lluvia miró al horizonte y señaló hacia el desierto.
—¿Logras ver a lo lejos aquel grupo de saguaros? En uno de ellos dejaré clavada esta navaja. No digas que te estoy desviando del camino, está justo en dirección a La Roca. Espero que esta navaja les haga el viaje más confortable.
—¡Juro que me vengaré! ¡No tendrás dónde esconderte! —gritó Wyatt enfurecido.
Parece que a los muchachos les esperan unos días bastante difíciles en el desierto…

